Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo trigésimo sexto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo trigésimo sexto

Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta sucedieron

La batalla con los cueros de vino tinto ya está contada en el capítulo anterior, ¡cosa de la impaciencia, imagino, de Miguel de Cervantes! Pero no así los raros sucesos que siguieron en la venta donde don Quijote, Sancho, el cura, el barbero, Cardenio y Dorotea se hallaban instalados, que tan pronto como había acabado el cura de dar lectura a la novela del “Curioso impertinente”, el ventero anunció la llegada de un grupo de gente que traía a una mujer sentada en un sillón, todos con el rostro cubierto.

Se escondieron los presentes al tiempo que la comitiva entraba en la venta. La mujer se lamentaba y suspiraba sin decir palabra alguna, y los demás, que seguían también con el rostro cubierto, callaban.

Poco a poco van apareciendo el cura y asomándose el resto, intrigados y curiosos. El cura interroga a uno de los mozos que transportaban a la doliente mujer, el cual asegura no saber quiénes son la dama y los caballeros, que lo habían contratado junto con los otros para acompañarlos hasta Andalucía y que así venían todo el camino, la señora llorando desmayada y los demás en silencio y sin soltar palabra.

Dorotea intenta acercarse a la dolorida dama y le ofrece ayuda, sin que obtenga respuesta alguna; en su lugar, el caballero embozado que la llevaba, le respondió asegurando que era persona que no tenía por costumbre agradecer la ayuda y que, de decir algo, sólo serían mentiras. La dama en cuestión reaccionó negándolo de manera enérgica, y en estas y otras circunstancias, vino a descubrirse por la voz y el rostro en el momento que se les cayeron los pañuelos con que se cubrían, que se trataba de la mismísima Luscinda y el mismísimo don Fernando, siendo ella la amada de Cardenio, y el caballero, aquel que había seducido a Dorotea con promesas de matrimonio (Historia que comienza en el capítulo 23 y se sigue en el 24, 29, para concluir en éste).

Pues bien, salvando algunos despistes de Cervantes en este capítulo a la hora de hacer entrar y salir a los personajes de la historia o al escribir el título del mismo, el caso es que los cuatro amantes se encuentran, para su increíble sorpresa, cara a cara. Dorotea le ruega a don Fernando con inusitado amor; Luscinda se reúne con Cardenio, y –finalmente- don Fernando acepta de nuevo el probado amor de Dorotea tras explicar cómo al encontrar escondida en el corpiño de Luscinda la carta en que se daba noticia de pertenecer a Cardenio y no poder casarse con él, lleno de ira quiso acabar con la vida de Luscinda, lo que impidieron sus padres, y cómo Luscinda había huido y se había metido a monja en un convento, donde la encontró y de donde la había raptado y la llevaba en las circunstancias que todos conocían.

Todos lloraban con las tiernas historias y los amorosos encuentros y reconciliaciones, incluído Sancho Panza, aunque no se sabe bien si sus lágrimas se debían a lo emotivo del momento o por ver cómo se evaporaba el personaje de la reina Micomicona para convertirse en Dorotea y con este trueque también volaba la promesa recibida de conseguir un ducado. Pero, sea como fuere, los unos de contento propio y los otros del ajeno, todos lloraron y desahogaron copiosas lágrimas aquella noche.

González Alonso

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