Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo trigésimo primero

 

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo trigésimo primero

De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

Estamos ante un capítulo en el que predomina la forma dialogada de la novela. A don Quijote no le disgustaron las primeras nuevas que Sancho le dio al finalizar el capítulo 30 sobre su encuentro con Dulcinea, totalmente inventado, y en el que le resumía el contenido de la carta que decía saberse de memoria y de la que da cuenta, con las confusiones propias de él, del comienzo de la misma y de la despedida, poniendo en medio “más de trescientas almas y vidas y ojos míos”.

Don Quijote imaginaba a Dulcinea en este encuentro bordando o ensartando perlas. Sancho se la presenta “ahechando dos hanegas de trigo en el corral de su casa”. Don Quijote quiere imaginar los granos de trigo como perlas en las manos de Dulcinea, suponiendo ser trigo candeal o trechel. Sancho rebaja la calidad del trigo a la del rubión.

Todo el relato del fingido encuentro transcurre entre la idealización apasionada de don Quijote y la prosaica y ruda descripción de Sancho; así, cuando imagina el caballero a Dulcinea oliendo a incienso y fragancias aromáticas, Sancho responde haber sentido “un olorcillo algo hombruno” debido seguramente a que al estar trabajando “estaba sudada y algo correosa”. Pero el caballero no desmayará en el empeño de encontrar explicaciones a todo cuanto el escudero le presentaba de manera tan grosera.

Llegados al punto en el que don Quijote inquiere a Sancho por lo que hizo y dijo Dulcinea al leer la carta, éste le responde que no la leyó porque Dulcinea no sabía leer ni escribir, y que la rompió en pedacitos para que nadie supiera en el lugar de sus secretos, bastándole con lo que Sancho le había dicho acerca del amor de don Quijote y la dura penitencia en la que quedaba. Sancho continúa con sus embustes para decirle a su señor lo que había acordado con el cura y el barbero, que Dulcinea quería verlo y que le mandaba volver al Toboso, así como que el vizcaíno (cap. VIII y IX) había ido a cumplir lo prometido tras su derrota a manos de don Quijote y que le pareció un hombre de bien, del mismo modo que por allí no había aparecido ningún galeote.

A la pregunta de don Quijote sobre los presentes y regalos de Dulcinea, Sancho responde que no le dio ninguno, sino un trozo de pan y queso ovejuno. Don Quijote se sorprende también de la celeridad con que el escudero había hecho el viaje de ida y vuelta al Toboso, de más de 30 leguas (170 Km) en menos de tres días, lo que –a renglón seguido- no duda en atribuir a la mediación de un sabio nigromante amigo suyo que habría dado alas a Rocinante. Sancho, aliviado, da por buena la explicación.

Don Quijote confiesa su confusión al no saber qué hacer ahora, si servir lo prometido a la princesa Micomicona que interpretaba la hermosa Dorotea y acabar con el gigante que le había robado su reino africano o atender al mandato de Dulcinea y volver, como le ordenaba, al Toboso. Sancho le anima a acabar primero con el gigante e insiste de nuevo en que debía casarse con la princesa y conseguir así aquel exótico reino. Don Quijote le disuade de esta idea interesada de Sancho asegurándole que sin casarse y con sólo acabar con el gigante recibirá una buena parte de aquel reino que le dará a Sancho; éste, satisfecho, le pide que sea de la parte costera para poder hacer con facilidad su negocio con los esclavos negros. Y quedan en que, de esta conversación que mantenían en privado caminando por delante de los demás, nada dirían a nadie.

Quiso la mala ventura que, reuniéndose con el resto de la comitiva y reanudando la marcha, se tropezaran en el camino con el criado Andrés, al que don Quijote liberó de los azotes de su amo cuando lo tenía atado a una encina y desnudo de medio cuerpo para arriba (cap. IV), con la promesa del villano de pagarle los sueldos atrasados que le debía. Pero la versión de Andresillo fue que, una vez desaparecido don Quijote, el amo lo volvió a atar a la misma encina y redobló con ensañamiento su castigo hasta dejarlo medio muerto. Les pidió algo para el viaje que, según dijo, hacía a Sevilla; Sancho le da de su zurrón un trozo de pan y otro de queso, sintiéndose solidario con el muchacho al recordar sus propias desventuras, y viendo que nadie le daba nada más se despide maldiciendo a don Quijote y toda la caballería andante, pidiéndole que si otra vez lo encontrase en desgracia que lo dejase tal cual, que siempre sería mejor su suerte que la que le trajera la ayuda de don Quijote.

Encendida la ira del caballero andante ante las injuriosas palabras que contra la sagrada orden de la caballería y su persona le dirigió Andresillo, se aprestó a tomar las armas y darle un pronto y ejemplar castigo, pero ya el mozo había emprendido tal veloz carrera camino adelante que hizo imposible alcanzarlo y dar así cumplimiento a sus deseos. Se quedó, de este modo, de nuevo corrido y avergonzado el caballero manchego del final de su aventura en este final del trigésimo primer capítulo de la primera parte de su verdadera historia.

González Alonso

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