Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo noveno

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha Miguel de Cervantes Saavedra

Dorotea

Primera parte.- Capítulo vigésimo noveno

Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo

Cervantes nos lleva por la novela de la hermosa Dorotea, Luscinda, Cardenio y don Fernando y los enredos desesperados de sus amores; así, acabando de contar su historia Dorotea, Cardenio descubre su identidad y ambos se convencen de que aún pueden salvar sus respectivas suertes amorosas y en ello quedan, cuando aparece Sancho Panza y da noticia de cómo queda don Quijote en camisa, desmejorado y sin comer, negándose a volver a volver ni aun por mandato de Dulcinea.

El cura y el barbero, junto con Cardenio y Dorotea, idearán la manera de sacarlo de aquellas sierras. A Sancho, que se admira de la belleza de Dorotea, le dicen que es una princesa africana y él se lo cree a pies juntillas imaginando llegar a ser gobernador de alguna ínsula si don Quijote se casara con ella y fuera, a lo menos, emperador. Le preocupa, no obstante, eso de tener vasallos negros, y va dándole vueltas al asunto mientras camina a pie enjuto, sin su burro, acompañando al resto de la comitiva en busca de don Quijote.

Dorotea suplica a don QuijoteEn la farsa, Dorotea se hará pasar por reina agraviada y desposeída de su reino por un supuesto malvado gigante, le pedirá favor a don Quijote y éste se lo concederá, accediendo a vestir su armadura, que colgaba de las ramas de un árbol, empuñar sus armas y salir a cumplir la aventura prometida.

Se sucederán situaciones disparatadas y cómicas con las barbas postizas que el barbero se había puesto para no ser reconocido y las explicaciones del cura que, junto con Cardenio, aparecerá más tarde en ropa interior de andar por casa y trata de justificar la razón de hallarse en aquellos apartados y remotos parajes, que –según ya estaba informado por lo que les había contado Sancho con toda puntualidad- no fue otra la causa sino que unos galeotes que habían sido liberados por un caballero, a su entender, de poco juicio, les habían robado y dejado en paños menores. El cura, con malicia, aprovecha la ocasión para denostar o injuriar al insensato caballero que había llevado a cabo aquella tan mala hazaña contra la justicia, el rey y las buenas gentes de la república.

Don Quijote, que se reconoció desde el principio en la parte correspondiente de esta historia, escuchaba en silencio, al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el libertador de aquella buena gente.

-Estos, pues –dijo el cura- , fueron los que nos robaron. Que Dios por su misericordia se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.

Y lo que sea y haya de ser, será ya en el capítulo XXX de esta primera parte de Don Quijote de la Mancha, que Miguel de Cervantes tituló como El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha.

González Alonso

Sancho a pie

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