Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo octavo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo vigésimo octavo

Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y al barbero sucedió en la mesma sierra

Dorotea.- El Quijote

El cura y el barbero escuchaban la historia de Cardenio, cómo el hermano menor del caballero para el cual servía, un grande de Andalucía y a decir de los exégetas del Quijote tal vez el duque de Osuna, había seducido a una hermosa y rica campesina llamada Dorotea y cómo, para no cumplir su palabra de matrimonio y huir de ella y su compromiso, había conseguido el permiso de su padre para ir al pueblo de Cardenio, y de cómo éste se prestó la mar de feliz a acompañarlo con la ilusión de volver a ver a su amada Luscinda. Les contó cómo el noble caballero se enamoró de Luscinda, cómo se las ingenió para enviarlo fuera por un tiempo a fin de conseguir dinero de su casa para pagar unos caballos que había comprado y cómo, en ese tiempo, pidió la mano de Luscinda y se concertó el matrimonio. Les dio cuenta de la carta que Luscinda le había hecho llegar avisándole de cuanto estaba ocurriendo y cómo llegó al pueblo y pudo hablar brevemente con Luscinda a través de una reja en la víspera de la boda. Luscinda le confesó su intención de matarse tras la boda y él le juró que antes mataría a don Fernando. Pero al día siguiente, cuando oyó cómo Luscinda daba su consentimiento y pensando que lo había traicionado, aturdido y desesperado, había huido hasta aquel apartado lugar de la sierra.

El cura, el barbero y Cardenio descubren a DoroteaEn medio del relato los tres oyen unos lamentos cercanos. Se aproximan y ven lo que parecía ser un campesino lavándose los pies en un arroyo. Desde su escondite descubren enseguida que es una mujer disfrazada de hombre, por la blancura de su piel, la belleza de sus pies y sus largos y rubios cabellos. Se trata, ni más ni menos, que de Dorotea, la rica campesina seducida y abandonada por el caballero don Fernando, diciendo de su propia familia, tan desigual a la de don Fernando pero igualmente respetable, ser de labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza malsonante (judía o mora) y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos (so sea, de toda la vida). Les cuenta su historia y cómo –al enterarse de la desaparición de don Fernando- había ido a escondidas, ayudada por un criado, hasta el pueblo donde sabía que se iba a celebrar la boda y que así pudo ver lo que allí pasó, cómo al dar el sí Luscinda, ésta se desmayó, cómo encontraron una carta en su pecho en la que declaraba pertenecer a un tal Cardenio y, por tanto, ser imposible la boda que acababa de celebrarse y a la que había accedido solamente por obediencia y respeto a sus padres, y cómo tenía decidido darse muerte con un puñal que guardaba entre sus ropas. Ofendido y furioso, el mismo don Fernando intentó matarla con el mismo puñal que ella guardaba, pero lo impidieron los presentes. Les relató, entonces, la huida de don Fernando y su propia decisión de escapar y esconderse al ver que se la buscaba junto con el criado que la acompañaba, al que se acusaba de secuestrador. Llegados a la sierra, este mismo criado intentó abusar de ella, pero defendiéndose de su ataque consiguió despeñarlo por un barranco, escapando a continuación sin esperar a saber si seguía vivo o muerto. Luego, disfrazada de hombre, había conseguido entrar al servicio de un campesino de la zona; pero éste, al descubrir que era una mujer y que era hermosa, también intentó forzarla y, al fin, les relató cómo había logrado escapar de su acosador y en su huida había llegado a aquellos parajes de Sierra Morena.

Cardenio suda, palidece, llora y promete que lo que él sabe y en su momento contará, también le hará conmoverse a Dorotea, habiendo conocido tan si pretenderlo la parte que ignoraba de su propia historia  en labios de la hermosa campesina llamada Dorotea. Y sigue.

González Alonso

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