Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo séptimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo vigésimo séptimo

De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia

El cura y el barbero encuentran a CardenioComo habían acordado, el cura se vistió de mujer y el barbero de escudero con la intención de ir a buscar a don Quijote a la sierra. Tal vez le pareciera a Cervantes excesiva la burla de llevar campo a través al cura en ese disfraz de mujer, y por boca del mismo cura viene a decir que le parece cosa indecente que un sacerdote se pusiese así. Por tanto, acuerdan trocar el traje de manera que no sea vea tan menoscabada la dignidad del clérigo, haciendo éste de escudero y de doncella el barbero.

Sorprende la buena disposición de Sancho para colaborar en sacar a su amo de aquellos parajes y conducirlo a su casa. Aunque, según él cree entender, no es para renunciar a su dedicación caballeresca, sino porque se entregue a la aventura de hacerse emperador de algún reino y conseguir él los beneficios prometidos de los que habían tratado.

El caso es que se acuerda que Sancho mentirá a don Quijote diciéndole que le había dado la carta a Dulcinea que, como sabemos, no llevaba consigo por habérsela quedado don Quijote junto con la libranza a su favor de los tres prometidos pollinos. Sancho debería darle la respuesta de Dulcinea, pero como la dama no sabía leer ni escribir, le diría a don Quijote que se la había dado de palabra y que él se la repetiría. Según la respuesta que imaginaron, Dulcinea le pediría que volviera inmediatamente y sin excusas a encontrarse con ella. Por su parte, cura y barbero en sus disfraces, pensaban pedirle desfacer un entuerto a la que se presentaba como dama agraviada, tal y como se explica en el capítulo XXVI, lo que le exigiría volver a su aldea.

Esperando a la orilla de un arroyo y la sombra de unos árboles en aquel día de agosto y tres de la tarde a que volviera Sancho, que se había adelantado para encontrarse con don Quijote, el cura y el barbero oyen unas canciones de amor en forma de ovillejos (estrofa inventada por Cervantes) primero, y luego en un soneto que trataba de la amistad.

Encuentran cerca de allí al intérprete de las canciones, que no es otro que Cardenio, de quien Sancho y don Quijote ya habían tenido noticia (capítulos XXIII, XXIV) y el cual les había dejado con su historia sin acabar de contarla tras la interrupción de don Quijote y la cruda discrepancia en torno a la figura de Amadís de Gaula.

El cura se dirige a Cardenio con buenas palabras y éste les cuenta la razón de su vida entre aquellas montañas apartadas, que no fue otra que la traición de su amigo don Fernando, al hermano del cual servía, robándole con artimañas a Luscinda con la cual se casará, según él mismo pudo ver cuando volvió a casa del encargo que don Fernando le había mandado hacer lejos de allí para aprovechar la ocasión y pedir la mano de Luscinda, a lo que su padre –dada la alta posición del caballero- accedió pronto y gustoso.

Cardenio, que había recibido una carta urgente de Luscinda contándole lo que ocurría, había conseguido hablar con ella justo el día de su boda y ya vestida de novia. Luscinda le confiesa, a través de una ventana, su intención de darse muerte con un puñal que guardaba antes de casarse con Fernando, y Cardenio prometió usar su espada antes de que ella se matara o se casara. Ni una ni otra cosa sucedió, y así, Cardenio, roto y desesperado, había decidido darse a sí mismo el castigo que había prometido para los demás, huyendo a aquellos apartados parajes a encontrar la muerte.

Cide Hamete BenengeliCuando Cardenio terminó su historia, les dejó en suspenso unas voces que en lastimados acentos oyeron que decía lo que se dirá en la cuarta parte de esta narración, que en este punto dio fin a la tercera parte el sabio y atentado historiador Cide Hamete Benengeli, aquél que no es otro, como ya indicamos (notas del cap. VIII), que el mismo Miguel de Cervantes. (Cide=Señor; Hamete=Mikael=Miguel; Benengeli, que puede traducirse por Berenjena, pero también como derivación de Ben Ayed -hijo del ciervo- o Cervantes).

González Alonso

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