Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo sexto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo vigésimo sexto

Donde prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena

Don Quijote se debate entre la duda de imitar a Roldán, invencible y vencido, al fin, por el héroe leonés Bernardo del Carpio o imitar a Amadís de Gaula. Tras sesudas reflexiones se decide por Amadís y siguiendo su ejemplo se hace un rosario recortando su camisola y atándole unos nudos, cuestión que Cervantes aprovecha para hacer del rezo del rosario una ocasión para la ironía en las repeticiones mecánicas de padrenuestros y avemarías. Además de rezar y rezar sin descanso, el Caballero de la Triste Figura se dedicará a escribir versos en las cortezas de los árboles y en el suelo y la arena. De todo ello se recoge una copla o letrilla burlesca sobre el amor a Dulcinea que remata en cada verso con el apelativo del Toboso, aunque no venga a cuento con la rima que, por otra parte, se hace cómica al hacer que sea dominante en las terminaciones –ote que le da un aire burlesco. La copla se apoya en la copla de arte real.

Sancho parte hacia el Toboso incorporándose al camino real y llega a la venta donde fue manteado. Aunque tenía hambre y ganas de comer algo caliente, no quiere entrar en la venta al recordar lo ocurrido y temiendo volviera a suceder otro tanto de lo mismo.

La casualidad quiso que el cura y el barbero que andaban adivinando el paradero de don Quijote y Sancho con la intención de llevarlo de vuelta a casa, se encontraran a la puerta de la misma venta a la que llegó el escudero y lo vieran y reconocieran subido en Rocinante. Aunque al principio Sancho no quería confesar dónde y cómo quedaba su amo, ante la sugerencia velada de que podría verse acusado de la desaparición y muerte de don Quijote para robarle su caballo, Sancho afloja y cuenta de cabo a rabo todo lo sucedido y cómo iba al Toboso a llevar la carta de don Quijote a Dulcinea. El cura se la pidió para pasarla él mismo a limpio y con buena letra, pero Sancho no la encontró y empezó un rosario de lamentaciones y a darse golpes creyendo haberla perdido. La realidad era que don Quijote no se la había dado ni él se había acordado de pedírsela.

Viéndolo tan afligido, el cura y el barbero le preguntan la razón de maltratarse de aquel modo y Sancho –olvidándose de la carta- les refiere cómo junto con ésta venía una cédula para el cobro de tres pollinos que ahora también veía perdidos. Consiguen consolarlo asegurándole que tenía remedio y que, en cuanto volviera a estar con don Quijote, éste le renovaría la donación. Consolado, Sancho confiesa que la pérdida de la carta no le duele tanto porque casi se la sabe de memoria.

El barbero y el cura le piden a Sancho que les diga la carta. Sancho se dispone a hacerlo, pero no acaba de arrancar a decir palabra y cuando, finalmente, lo hace no es sino para decir un montón de disparates. Le insisten para que la repita y así poder memorizarla ellos también y Sancho la repetirá hasta tres veces de manera diferente y con mayor número de disparates cada vez.

Admirados, cura y barbero, de las fantasías de Sancho sobre sus pretensiones y las de don Quijote de conseguir imperios, reinos y matrimonios con emperatrices y altas doncellas, no le llevan la contraria y se sorprenden viendo cómo la locura de don Quijote se había llevado por delante también el juicio del simple de Sancho Panza.

Lo que Sancho temía, según le dijeron el cura y el barbero al hilo de sus imaginaciones y fantasías de lo que serían amo y escudero, es que a don Quijote diera por ser arzobispo en lugar de rey o emperador, pues él era casado y no sabía leer ni escribir para poder ejercer un cargo eclesiástico, una sacristía o acceder a una renta fija o sueldo de la Iglesia. Enseguida le disipan las dudas y le invitan a entrar a la venta, a lo que Sancho se niega en redondo prometiéndoles las explicaciones para más adelante, pero acuerdan –con gran satisfacción de Sancho- sacarle algo de comer caliente junto con una buena ración de cebada para Rocinante.

El cura y el barbero maquinan la manera de sacar a don Quijote de la montaña y llevarlo a casa; para ello se vestiría el cura de doncella y el barbero de escudero, llegarían a donde don Quijote había quedando haciendo penitencia y le pedirían desfacer un entuerto hecho a una doncella, sin pedirles quitarse el antifaz ni ninguna otra cosa hasta que hubiese deshecho el agravio ante aquel mal caballero.

Con esta estratagema pensaban que conseguirían hacer volver a don Quijote a su aldea y ver si tenía algún remedio su estraña locura.

González Alonso

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