Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo tercero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo vigésimo tercero

De lo que aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan

Don Quijote y Sancho en Sierra Morena. Encuentro con CardenioDesde la referencia a Puerto Lápice y sus alrededores con la aventura del vizcaíno (I- 8-9-10) hasta la de los batanes (I-20), probablemente ubicada en el Arroyo de los Batanes del Valle de Alcudia, hay un gran salto, un espacio imposible de recorrer en las jornadas y las aventuras que se cuentan.

Pero, considerando que la topografía del Quijote es meramente literaria y que se hace aún más literaria a medida que la novela avanza, gana en complejidad y se aleja de los siete capítulos iniciales, admitiremos el hecho de que la liberación de los galeotes se produjera en los alrededores de Sierra Morena y que don Quijote y Sancho se internaran en ella atendiendo don Quijote al consejo de Sancho, llevado de su temor, de esconderse de la Santa Hermandad, consejo que acepta el caballero en desagravio por las consecuencias de no haber seguido el que le hizo de no liberar a los galeotes. Eso sí, don Quijote acepta seguir las recomendaciones de Sancho siempre que se entienda que no lo hacía por ninguna clase de miedo ni cobardía.

Los parajes intrincados de Sierra Morena abundan de alcornoques y lobos. Lobos y alcornoques que hoy día aún perviven en Sierra Morena. Los primeros, en menor cantidad que los segundos, pues es el último reducto del lobo ibérico en el sur peninsular; los segundos, en mayor cantidad, pues el suroeste acoge la mayor concentración de esta especie, testimonial en el resto de España.

Cardenio en Sierra Morena. Don QuijoteEl caso es que en dicho enclave de la sierra, a unas ocho leguas de Almodóvar del Campo (1 legua = 6620 metros), se encuentran un cojín y una maleta que Sancho inspecciona y en la que encuentra varias camisas de hilo fino y más de cien ducados de oro. La felicidad del escudero viéndose con tanto dinero y tan bien pagado por una aventura sin palos, manteos ni pedradas, pronto se convierte en temor cuando creen adivinar que el posible dueño tanto de la maleta como de la mula muerta enjaezada que encontraron más adelante fuera un hombre de aspecto abandonado, medio desnudo, de barbas y pelos crecidos, requemado por el aire y el sol, que corría y brincaba descalzo por entre aquellos riscos ocultándose a su vista.

Sancho no es partidario de darle alcance, pues si fuese en verdad el dueño de cuanto habían encontrado, tendrían que devolvérselo; pero don Quijote le advierte que ya por el mero hecho de sospecharlo estaban en la obligación moral de comprobar si quel hombre era o no era el propietario legítimo de aquellos enseres y dineros.

Resignado Sancho, después de haber leído don Quijote un bello soneto y unas muy sentidas cartas de amor en un librito que venía con lo demás en la maleta, y convencidos de que aquello era cosa de despechos de enamorado, se disponen a dar búsqueda a tan extraño personaje.

De allí a poco, hace aparición un anciano cabrero que se admira de que Cardenio ataca a los cabreroshayan podido llegar hasta aquel lugar recóndito al que no conducía senda alguna y les explica que, en efecto, maleta y mula pertenecen a un joven que hacía unos seis meses había llegado hasta allí, desapareciendo en la sierra y apareciendo a veces para atacar a los cabreros y robarles queso, pan y otras viandas. Les cuenta cómo lo encontraron más tarde escondido en el tronco hueco de un gran alcornoque, que le dijeron que no hacía falta que atacase a nadie para conseguir alimentos, pues se los darían con que sólo los pidiera, que él se mostró comprensivo y humilde llorando con amargura y cómo, de forma repentina, sufrió un ataque de locura y la emprendió a golpes y patadas con uno de sus compañeros mientras gritaba y despotricaba contra un tal Fernando, del que sospechaban le había causado tan grave mal.

Está don Quijote más dispuesto que nunca a encontrarlo, cosa que también querían hacer los cabreros con la intención de llevar a curar a Alomodóvar del Campo, cuando –de manera inesperada- apareció ante ellos el joven al que llamaban El Roto, pues nunca les dijo su nombre, saludándoles con voz ronca, aunque amablemente. Don Quijote se apea de Rocinante, se acerca al joven y lo estrecha entre sus brazos. Al poco, el joven aparta  de sí a don Quijote con las manos puestas en los hombros y se le queda mirando largo rato, extrañado de la apariencia, armas y armadura del caballero, tanto como don Quijote de su aspecto de abandono, roto y desaliñado, cuando –rompiendo el silencio- empezó a decir…

González Alonso

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