Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo segundo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo vigésimo segundo

De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no querían ir

Se cruzaron en su camino, don Quijote y Sancho, con una cuerda de reos, gente maleante que llevaban a sufrir condena remando en las galeras del rey.

Don Quijote y los galeotesDon Quijote, que entiende que van de ese modo en contra de su voluntad, les corta el paso y pide a los guardas que le expliquen qué cosas habían hecho para merecer tanto castigo de grilletes y cadenas. Como los guardas se desentienden de las explicaciones, don Quijote se lo preguntará directamente a los galeotes, uno por uno. En un lenguaje ambiguo, de chanza y propio de truhanes, cada uno cuenta sus delitos de manera que no lo parecieran tanto o parecieran casi nada como para recibir semejante trato. Así, uno dice que va por canario, músico o cantor, aunque se estaba refiriendo, realmente, a haber cantado sus fechorías y quiénes habían sido sus colaboradores cuando le aplicaron el tormento; otro dice que va por enamorado, pero se refería burlonamente al amor por el saco de ropa blanca que abrazaba mientras lo robaba, y otro más porque decía que le habían faltado ducados suficientes, aunque realmente se quejaba de no haber tenido tanto dinero como para haber podido comprar o sobornar a jueces y alguaciles. En fin, todos los doce que formaban la cuerda de reos le contaron a don Quijote sus historias. Entre ellos, se encontraba Ginés de Pasamonte o Jerónimo, personaje histórico, de origen aragonés que había combatido en Lepanto, hecho prisionero por los turcos y que, según parece, escribió su propia biografía.

Escuchadas por don Quijote las alegaciones hechas por los reos y convencido de la poca gravedad de sus faltas, de manera muy comedida les pide a los guardianes que los liberen, argumentando –entre otras cosas- que a ellos ninguno de los apresados les habia hecho ningún mal y que le parecía duro el caso de hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres.

El comisario que dirigía la cuerda de presos toma cuanto dice don Quijote por una majadería, entendiendo que ni ellos tenían autoridad para llevar a efecto semejante acción, ni don Quijote la tenía para mandársela hacer.

Don Quijote ataca a los guardianes de los presosLa cólera del caballero andante, imbuido de la idea de servir a los ideales caballerescos de defender a los débiles y menesterosos, se desata de manera inmediata y arremete con su lanzón contra el comisario, derribándolo malherido de su caballo. El resto de los guardias se disponen, espada en mano, a reducir a don Quijote, pero los galeotes, viendo la oportunidad que se les presentaba, empezaron a desatarse y apedrearlos, de tal manera que, confundidos, no sabían qué hacer, si atacar a don Quijote o defenderse de quienes los apedreaban, y nada hicieron bien, salvo huir a toda prisa.

Sancho le presta ayuda a Ginés de Pasamonte para deshacerse de los hierros y grilletes, que era quien más seguro llevaban por considerarlo el más peligroso de todos.

Una vez liberados, don Quijote les pide que cojan las cadenas y se encaminen al Toboso a dar cuenta de su aventura a Dulcinea. Ginés, en tono socarrón, le contesta que eso no puede ser, y menos aún el ir todos juntos, pues la Santa Hermandad no tardaría mucho en salir tras ellos y hacer lo que les pedía significaría facilitarles las cosas para ser nuevamente apresados. A cambio, sin embargo, le ofrece cumplir el agradecimiento de la liberación rezando los padrenuestros y avemarías en el número que mejor considerase, lo que cada uno podía hacer por su cuenta y en cualquier lugar, mientras huía, estaba escondido o no.

La ira de don Quijote se enciende de forma inmediata, insultando yLos galeotes encadenados amenazando a Ginés con que iba a ir él solo al Toboso, con el rabo entre las piernas y llevando todas las cadenas juntas.

La respuesta de Ginés y el resto de forzados no se hizo esperar, arremetiendo contra caballero y escudero a pedradas. Don Quijote cae del caballo, Sancho se esconde detrás de su burro; mientras tanto, les despojan de algunas ropillas y prendas antes de escapar cada uno por su parte, dejando a Sancho medio desnudo y a don Quijote tendido en el suelo.

El final del capítulo, lleno de ironía, hace que sea el burro de Sancho el primero en aparecer cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas creyendo oir todavía silbar las piedras. Subraya Cervantes la soledad en que quedan los cuatro, Rocinante, el burro, Sancho Panza y don Quijote, como una manera de expresar de forma melancólica la reflexión sobre la ingratitud humana, concluyendo la aventura con el temor de Sancho, en paños menores, a la llegada de la Santa Hermandad y con un don Quijote mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien había hecho.

González Alonso

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s