Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo primero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo vigésimo primero

Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

El yelmo de MambrinoLlueve y siguen su camino sin que quiera don Quijote entrar a guarecerse en el molino de los batanes, ya que sigue disgustado con las bromas que le gastó Sancho. A poco de allí divisan a un hombre a caballo con algo en la cabeza relumbrando como si fuera oro. Don Quijote alaba entonces las enseñanzas de los refranes y el valor de la experiencia como madre de todas las ciencias para, al hilo de aquel que dice: donde una puerta se cierra, otra se abre, aunciar la siguiente aventura, y es que se le ocurrió que lo que el hombre a caballo traía en la cabeza era, ni más ni menos, que el yelmo de Mambrino que había jurado conquistar, como se menciona en la referencia hecha acerca de este yelmo en el capítulo décimo.

En la discusión entre Sancho y don Quijote la cosa va de si el hombre venía sobre caballo rucio rodado o sobre un burro y de si lo que traía en la cabeza era cosa que relumbra o yelmo de Mambrino. Lo que don Quijote no sabía –y si lo hubiera sabido, tampoco habría importado mucho- es que se trataba de un barbero sobre un asno, tal cual lo veía Sancho, que iba de un pueblo a otro y, como llovía, se protegía de la lluvia poniéndose la bacía de azófar en la cabeza, la cual –limpia como estaba- relumbraba de aquel modo.

Don Quijote se pone la bacía de barbero en la cabeza que creía ser yelmo de MambrinoSin mediar más razón ni discurso que el escueto de exigir el yelmo, don Quijote ataca al sorprendido barbero que, para evitar ser alanceado, se deja caer del pollino para salir corriendo espantado campo a través, olvidando en el suelo la bacía. Sancho la recoge del suelo y la considera de buena calidad, dándosela a su amo. Don Quijote se la pone en la cabeza, lo que provoca la risa de Sancho al ver lo grande que le quedaba. Enseguida don Quijote halla una explicación para el caso de que resulte ser tan grande y de faltarle, además, la mitad de la celada, que no puede ser otra como que alguien que no supiera lo que realmente era, hubiera fundido aquella mitad por ser de oro y aprovechar la otra mitad como bacía de barbero, asunto que estaba resuelto a arreglar en la primera herrería que topasen.

Cuando Sancho se refiere a lo que está viendo –como el borrico abandonado en su huida por el barbero- lo nombra como lo hace don Quijote, pero sin dejar de apostillar lo que él ve realmente, así que se referirá al burro como caballo rucio rodado, que parece asno pardo, con lo que consigue evitar la discusión con don Quijote y su posible enfado. Así que cuando Sancho le pregunta si puede o no puede quedarse con el pollino como prenda de la victoria, la cosa funciona y don Quijote le responderá que no: … Así que, Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quieras que sea, con lo que se acomodan sin fricciones las dos realidades, la caballeresca de don Quijote y la prosaica de Sancho.

Aunque Sancho no consigue quedarse con el burro del barbero, ni siquiera cambiarlo por el suyo, sí consigue permiso para cambiar los aparejos, lo que hace contentísimo y deja su asno la mar de lucido.

Almuerzan a orillas del arroyo de los batanes y beben de su agua, pero sin volver la cara a mirarlos: tal era el aborrecimiento que les tenían. El Arroyo de los Batanes se encuentra en el Valle de Alcudia, próximo a Fuencaliente.

Sancho Panza se hace con las alforjas del burro del barbero

Sancho, que no se aguanta sin hablar por seguir la imposición de don Quijote de ser más comedido y guardar las distancias debidas entre amo y escudero, le pide permiso para decir algo, de lo mucho que tiene guardado, por temor a que se le pudra dentro. Don Quijote accede, recomendándole que sea breve en los razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo. Sancho lo promete y le propone ir a servir a algún rey que tenga guerras en las que hacerse famoso y que el mundo lo sepa. No le parece mal la idea a don Quijote, que empieza a imaginar toda una larga y compleja historia –contraviniendo él mismo la prudencia exigida a Sancho- en la que entre batallas y amores acabaría en el matrimonio con la hermosísima hija del rey, el cual muerto, le convertiría a él mismo en rey, prometiendo una primera dama para Sancho Panza.

En todo este discurso, don Quijote usará un lenguaje arcaico a imitación Don Quijote y el yelmo de Mambrinode las novelas de caballerías. Tampoco aparecerá aquí Dulcinea como obstáculo para conseguir el reinado, desapareciendo de la escena de su devoción. Sancho no se acuerda de estar casado ni le preocupa la bigamia con tal de conseguir las prebendas que su señor le promete y que, con ser cristiano viejo, se ve más que suficiente para ser, por lo menos, conde. También don Quijote, siendo hijodalgo, se supone él mismo descendiente muy lejano de reyes que fueron a menos. Así, mientras concluyen sus fantasías con algunas consideraciones sobre el aseo y las apariencias, la necesidad de afeitarse las barbas Sancho y otros detalles, va también concluyendo del todo este capítulo vigésimo primero de la primera parte.

González Alonso

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