Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo vigésimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Sancho se caga en la aventura de los batanes

Primera parte.- Capítulo vigésimo

De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha

Apartados en mitad de la noche y acuciados por la sed, caballero y escudero deciden buscar agua en los alrededores. Apenas se habían alejado un trecho y a tientas por entre el cerrado bosque, oyeron el estruendo de una corriente de agua despeñándose no lejos de allí. Se alegraron con la esperanza de, al fin, poder calmar la sed que los atormentaba, pero enseguida se detuvieron espantados por otro ruido aún mayor de un golpear rítmico de maderas y hierros.

Don Quijote decide subir sobre Rocinante y disponerse a hacer frente a aquella terrible aventura que se le ofrecía. Sancho, amedrentado, le ruega a su señor entre lágrimas que espere, a lo menos, la madrugada. Insiste don Quijote en que le apriete las cinchas a Rocinante y que se quede a esperar allí mismo, con la promesa del salario que a su favor había dejado en su testamento en el caso de que no volviera vivo, y pidiéndole, en tal caso, que fuera Sancho hasta el Toboso a dar cuenta de todo lo ocurrido a Dulcinea.

Sancho ata las patas de Rocinante

El miedo y la astucia de Sancho corren parejas, así que, mientras cinchaba a Rocinante, disimuladamente le ató las patas, de manera que no podía moverse. Don Quijote, contrariado ante la repentina inmovilidad de su caballo, decide esperar la madrugada o que Rocinante se mueva,  mientras Sancho se ofrece a contarle historias para olvidar su miedo y entretener la espera de su amo. Abrazado al pescuezo de Rocinante, mientras contaba el cuento de nunca acabar de la pastora Torralba, le vinieron a Sancho unas ganas inexcusables de hacer sus necesidades, pero el miedo le impedía despegarse de su amo; así que allí mismo, bjándose con disimulo los calzones, se desahogó a gusto. Don Quijote, que oyó y olió lo que se cocinaba, le dijo a Sancho:

Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
– Sí tengo – respondió Sancho – mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
– En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar – respondió don Quijote.

Discretamente don Quijote le pide a Sancho que se retire unos pasos más allá mientras se tapa la nariz con la mano, y el resto de la noche discurre entre conversaciones sobre el respeto y la confianza debidos entre escudero y caballero.

Los batanesAl clarear el día, con habilidad Sancho libera las patas de Rocinante. En cuanto don Quijote nota que ya puede moverse su caballo, se pone en marcha, y avanzando por lo espeso de aquel bosque de castaños descubren que el origen de los terribles sonidos eran seis mazos de batanes que había al pie del río por donde se precipitaba una cascada. La sorpresa inicial dio paso a la risa de amo y escudero hasta que Sancho, haciendo burla y atrevimiento de cuanto había dicho la noche anterior don Quijote, empezó a repetir una por una las mismas razones del caballero dispuesto a afrontar tamaña aventura, lo que contraría y ofende al hidalgo que, alzando el lanzón, le propinó dos buenos golpes en las costillas. Sancho, asustado, se dispone enseguida a disculparse y calmar la ira del caballero, lo que consigue mientras va dando término al capítulo con la decisión de, en adelante, mantener un trato más prudente y respetuoso, diciendo don Quijote:

De todo lo que te he dicho has de inferir, Sancho, que es menester hacer diferencia de amo a mozo, de señor a criado y de caballero a escudero. Así que, desde hoy en adelante, nos hemos de tratar con más respeto, sin darnos cordelejo.

Todo ello y algo más ocurría en aquel amanecer en medio de verdes y frescos prados, ríos despeñandose en cascadas, batanes y bosques de castaños en un lugar de la Mancha… de cuyo nombre sí quiero acordarme. Pues, aunque actualmente la Mancha produzca 64 toneladas de castañas de las 28.000 que se recolectan en toda España, hay que admitir que hay castaños, agua y prados verdes, frescos y apacibles, como en las Lagunas de Ruidera o el Valle de Alcudia y el Arroyo de los Batanes en la proximidad de Fuencaliente, lugar idóneo para el desarrollo de la aventura contada y que Cervantes, sin duda, conocería bastante bien. Y sigue.

González Alonso

……………….Arroyo y cascada de los batanes.Batán

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