Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo décimo octavo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

El Quijote, cuadro de Van Gogh

Primera parte.- Capítulo décimo octavo

Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas

Caminaban los vapuleados caballero y escudero llanura adelante, el uno argumentando cómo todo lo tristemente sucedido había sido cuenta de la envidia que le tenían los encantadores y que lo sujetaron al caballo, sin poderse mover ni socorrer a Sancho mientras era manteado, y el mismo Sancho asegurando sospechar que si no había podido moverse no debió de ser por encantamiento, sino por otras causas, aludiendo a los golpes recibidos la noche anterior y que habían caído sobre los golpes que ya traía puestos de los arrieros gallegos.

Es el momento en que Sancho Panza asegura creer que sería mejor volver al pueblo, pues en todo lo que puede contar y llevan andado no ha visto ninguna victoria de don Quijote, salvo la aventura con el vizcaíno y en la que, con todo, perdió media oreja.

Don Quijote ataca al rebaño de ovejas y carnerosIban entregados a estas discusiones amo y escudero, cuando divisaron a lo lejos una gran polvareda que don Quijote enseguida imaginó ser levantada por el avance de un gran ejército. Sancho advirtió una segunda e igualmente enorme polvareda y don Quijote imagina un también segundo ejército dispuesto a enfrentarse al primero.

Antes de distinguir las causas de semejantes nubes de polvo, don Quijote empieza a describir a los participantes de uno y otro bando, inventando una gran cantidad de nombres ridículos como Alifanfarón, Pentapolín, Laurcalco, Micocolembo, Timonel, Alfeñiquén y otros, con sus apodos o sobrenombres, armas, vestidos y toda clase de señales.

En gran parte de estos párrafos puede apreciarse una parodia de textos de la época muy al estilo de los de Lope de Vega, con el que Cervantes tenía sus diferencias y el que, probablemente, fuera autor o parte del Quijote apócrifo firmado por Avellaneda.

En el paroxismo y exaltación de sus visiones, don Quijote decide tomar parte en la batalla a favor del emperador cristiano y en contra de los herejes. Se sugiere que los reyes enfrentados podrían ser Felipe II y la reina Isabel I de Inglaterra.

Sancho reclama la atención de don Quijote asegurando no ver ningún ejército y sí oir con claridad los balidos de las ovejas y los carneros de aquellos rebaños, balidos que don Quijote tomaba por relinchar de caballos, toques de clarines y batir de tambores.

Pidiéndole a Sancho que se haga a un lado, don Quijote desciende lanza en ristre de la loma, y metiéndose en mitad del rebaño va alanceando y matando a las ovejas que se le representaban caballeros. Los pastores le gritan que deje de hacer aquello, y viendo que no se atenía a razones, arman sus hondas alcanzándo a don Quijote con dos pedradas que dieron con él en tierra, sin la mitad de las muelas de la boca, varios dedos magullados y dos costillas hundidas.

Don Quijote ataca al rebaño de ovejas y recibe las pedradas de los pastoresCuando se van los pastores y se acerca Sancho para prestarle auxilio, se percata de que el burro no tiene las alforjas, ya que el ventero Palomeque se las había quitado a cuenta del pago del alojamiento. Sin remedios para curarse y sin comida en la que ahogar sus males, en medio de la nada, prosiguen las quejas de uno, razonamientos del otro y la exploración de la boca de don Quijote para ver cuántos dientes y muelas le quedaban, momento éste en el que don Quijote vomita encima de Sancho la pócima que llama bálsamo de Fierabrás, del que había bebido en mitad de su lucha contra las ovejas antes de que la segunda pedrada le diera en la boca, la mano, y destrozara el recipiente del que bebía. Sancho, oliendo y reconociendo el sabor del famoso bálsamo que tan mal le había hecho cuando lo tomó en la venta, devolvió, a su vez, sobre su amo, y así quedaron ambos como perlas.

Retoman, maltrechos, el camino real en busca de alguna venta en la que pasar la noche, dándole ánimos don Quijote a un Sancho muy apesadumbrado por la falta de las alforjas. El escudero, escuchándole, le responde: Más bueno era vuestra merced para predicador que para caballero andante. A lo que don Quijote replica haciendo un elogio de la unión entre las armas y las letras, tema importante en la literatura del Siglo de Oro, con las siguientes palabras:

De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho; porque caballero andante hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática, en mitad de un campamento, como si fuera graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.

Vuelve a pedirle don Quijote a Sancho que le haga nuevo recuento de sus muelas, sobre todo del lado derecho de la quijada alta que recibió la pedrada y que tanto le duele. Sancho le tienta las encías y encuentra que abajo, donde don Quijote creía tener cuatro o cinco muelas todas enteras y muy sanas, le quedan dos y media, y arriba ninguna, de lo que se lamenta profundamente don Quijote trayendo a colación dos refranes, el uno que afirma que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y el otro que asegura que en el mundo más se ha de estimar un diente que un diamante, con lo que subraya el gran valor de lo perdido. Aún así, encara con resignación este contratiempo, pues a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería.

Le invita don Quijote a Sancho a subir a su asno y elegir el camino que mejor le parezca, lo que hace Sancho mientras intenta hacerle olvidar a su amo el dolor de su quijada diciéndole alguna cosa como, entre otras, la que se contará en el capítulo siguiente.

González Alonso

Polvareda del rebaño de ovejas

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