Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo décimo séptimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Don Quijote en la venta que tomó por castillo

Primera parte.- Capítulo décimo séptimo

Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo

Don Quijote ve cómo mantean a Sancho PanzaDespiertan con la madrugada caballero y escudero, doloridos y magullados. Don Quijote le explica a Sancho que cree hallarse en un castillo encantado y cómo, por envidia, recibió un gran puñetazo de la mano de un gigante cuando se encontraba en requiebros con la hermosísima hija del castellano, (que no era otra que la asturiana Maritornes cuando la agarró y retuvo entre sus brazos en el momento en que ésta se disponía a cumplir su palabra, en camisa, descalza y a oscuras, con el arriero que dormía en la misma estancia), asegurando que el tesoro de la fermosura de esta doncella le debe guardar algún encantado moro. Sancho se lamenta, por su parte, de los golpes recibidos y que le cayeron encima sin ser caballero ni gozar de ninguna hermosura ni tesoro entre los brazos, e imagina –siguiendo a su amo- que se los propinaron moros, aunque en un número no menor de trescientos, según podían atestiguar los dolores de sus costillas.

Conviene recordar que aquellas creencias que corrían de que los moros habían dejado en su huida durante la Reconquista gran cantidad de tesoros escondidos, aún perviven en numerosas leyendas actuales, al menos en muchas de las leonesas.

Hace acto de presencia, candil en mano, el cuadrillero, pensando encontrar al muerto de la noche anterior, pero se queda sorprendido con la apacible y quejosa conversación que escucha, y cuando se interesa por la suerte y cuidados de don Quijote y éste le tilda de majadero por no darle el trato de caballero, le estampa el candil en la cabeza, apagándose el candil y dejándole a don Quijote con un buen chichón. Sancho hilvana que ése sería el referido moro encantado, para lamentarse diciendo que debe de guardar el tesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y los candilazos.

Sancho bebe el bálsamo de FierabrásEl consejo de don Quijote ante aquellos acontecimientos es no hacer caso de estos casos de encantamientos, ya que al ser invisibles no encontrarán de quién vengarse, y le recomienda a Sancho que busque algo de aceite, vino, sal y romero con que hacer el bálsamo de Fierabrás y sanar sus heridas y dolores. Así hace Sancho y así se pone don Quijote a hervir el brebaje, del que tomó casi de un golpe la mitad produciéndole de forma inmediata terribles vómitos y sudores que, una vez pasados, le hicieron sentirse muy mejorado. Visto el resultado, también Sancho prueba, bebiéndose sin pestañear la otra mitad; pero a él le dieron fuertes retortijones y arcadas y al cabo de dos horas de sufrimientos empezó a irse por arriba y por abajo de manera incontrolada, lo que le dejó, en total, más cansado y molido que antes. Interpreta don Quijote lo ocurrido como que sólo debe de hacer efecto benéfico a los caballeros, mientras Sancho se deshace en juramentos.

Con todo, se dispone don Quijote a abandonar la venta que había tomado por castillo, ayuda al maltrecho Sancho a vestirse y subir al burro y agradece con ampulosa retórica el servicio recibido, ofreciéndose al ventero para satisfacer cualquier agravio recibido en su vida. El ventero, no menos parsimonioso, le agradece y rechaza el ofrecimiento, pidiéndole, en cambio, que pague la estancia en la venta. Don Quijote, contrariado, admite haber estado muy equivocado al tomar por castillo, y no de los malos, lo que era venta, pero se niega a pagar nada según las costumbres y leyes de la caballería andante, y poniendo por delante el lanzón, sale de la venta sin mirar atrás y sin que nadie se atreva a impedírselo. El ventero vuelve entonces sus ojos a Sancho y Sancho tampoco está dispuesto a abonar lo que su amo no quiso cumplir, por no ser deshonra de la caballería andante y sus escuderos.

La gente hospedada en la venta rodea a Sancho y lo mantean muy a su gusto en el patio de la venta. Don Quijote oye gritar a Sancho y lo ve subir y bajar detrás de las paredes del corral pagando en sus malrechas costillas lo que le negaron al ventero en dineros, sin poder hacer nada más que gritar y jurar contra quienes así trataban a su escudero, pero sin poder moverse ni bajar del caballo de tan dolorido que estaba.

Sancho Panza es manteadoCuando se cansaron y acabó el manteo, la caritativa Maritornes le ofreció un jarro de agua fresca del pozo y don Quijote su bálsamo, que rechazó espantado Sancho, y cuando fue a beber del jarro y tras el primer trago notó que era agua, le pidió a Maritornes que, si podía, se lo cambiase por una jarra de vino, lo que hizo la moza pagándolo de sus dineros.

Salió Sancho de la venta mullido y manteado, contento de no haber pagado lo que el ventero le exigía, pero sin advertir en su confusión, mareo y nerviosismo, que iba sin las alforjas que el mismo ventero le quitó. Y se aplaza aquí y de este modo la narración a la espera del capítulo décimo octavo.

González Alonso

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