Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo décimo quinto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo décimo quinto

Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote con topar con unos desalmados yangüeses

Rocinante es apaleado por los arrieros gallegos

Las preguntas se imponen. ¿Por qué se habla de yangüeses en la entrada del título  cuando en todo el capítulo Cervantes escribió gallegos? En ediciones actuales se tiende a sustituir el vocablo gallegos por yangüeses, pero sigue manteniéndose que guiaban una reata de jacas galicianas. Y si eran gallegos, ¿qué hacían en los parajes manchegos? Lo lógico es que estos arrieros siguieran su camino a Sevilla por la Cañada Real Leonesa o lo que llamamos la Ruta de la Plata. Por otra parte, la descripción de los valles, su verde y sus aguas o el bosque por el que se mueven, poco tienen que ver con parajes, valles, ríos y bosques manchegos. ¿No parece más natural suponer a los arrieros gallegos en valles, aguas y bosques leoneses de tierras zamoranas o salmantinas en su camino a Sevilla?

El asunto es, ¿quién escribió en el título yangüeses y por qué? Rafael Barroso Cabrera y Jorge Morín de Pablos (Dpto. de Arqueología, Paleontología y Recursos Culturales; Auditores de Energía y Medio Ambiente) escribieron sobre ello en 2009 y luego en 2011 en los Anales Cervantinos (Vol. XLIII). La conclusión bien documentada es que fue cosa del editor Juan de la Cuesta debido a dos razones: 1.- que los arrieros yangüeses eran más conocidos y famosos en toda Castilla, lo que venía mejor a la novela, y 2.- que Juan de la Cuesta era con toda probabilidad yangüés, llevando el apellido de su lugar de origen, La Cuesta, localidad soriana emplazada en la cañada real soriana.

Dejando a un lado las cuestiones precedentes, digamos que el capítulo puesto en boca de Cide Hamete Benengeli (autor moro cuyo nombre equivale al de Miguel -Hamete- y Cervantes -Benengeli, lugar de ciervos- más el título de señor o cide) nos cuenta cómo se adentraron don Quijote y Sancho en el bosque por donde había desaparecido la pastora Marcela y que andando más de dos horas sin encontrarla vienen a dar a un prado lleno de fresca yerba, junto al cual corría un arroyo apacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de la siesta. Allí dan suelta al asno y a Rocinante, que se dedican a pacer libremente mientras ellos aprovechan para comer de lo que Sancho traía en las alforjas.

Rocinante se acerca a las yeguas galicianasPor el valle andaba pastando también una manada de jacas galicianas de unos arrieros gallegos, y Rocinante, tenido por tan rijoso como escuálido, se acercó a las jacas con la intención de refocilarse con ellas. Las yeguas, que no estaban para bromas amorosas, le recibieron a coces y mordiscos, y los arrieros, que vieron lo que ocurría con sus caballerías y los intentos de retozar del caballo, aumentaron el cupo de golpes con sus estacas hasta dejar a Rocinante maltrecho y tendido en el suelo.

Entiende don Quijote aquel ultraje a Rocinante como si hubiera sido hecho a su propia persona, y considerando a los atacantes como gente soez y de baja ralea, y no caballeros, le dice a Sancho que puede ayudarle a tomar venganza. Sancho advierte que los arrieros son más de veinte y ellos solamente dos, o uno y medio según de valeroso se veía a sí mismo; pero arrastrado por el coraje puesto en el ataque de su señor, él decide hacer lo mismo. En cuanto los gallegos vieron cómo don Quijote hería con su espada a uno de ellos, cargaron todos a la vez con sus estacas sobre las costillas y los cuerpos del caballero y el escudero dejándolos malparados a los pies del magullado Rocinante.

Los gallegos, visto el resultado de la empresa, recogen su recua y se dan Don Quijote y Sancho apaleados por los arrieros gallegosprisa en seguir su camino. Sancho se duele y le pide a don Quijote el brebaje mágico de Fierabrás que él traduje por el feo Blas. Don Quijote reconoce que todavía no lo tiene, pero que está decidido a conseguirlo de allí a tres días máximo. Le explica a Sancho a qué fue debida la razón de aquella derrota, que no fue otra -cree él- que la de haber puesto mano a la espada contra hombres no armados caballeros, por lo que – ofendidos- los dioses de las batallas le impusieron semejante castigo. Por eso, continúa, en semejantes ocasiones sucesivas se cuidará de no alzar su espada y atacar, y dejará que lo haga Sancho. Sancho replica, contrariado y mohíno, que no piensa hacerlo por tener mujer e hijos y ser hombre pacífico, manso y sosegado, capaz de disimular cualquier injuria y perdonar todos los agravios.

Advierte don Quijote que no ve posible cómo así pueda llegar a ser Sancho gobernador de ninguna ínsula, poniendo tan poco de su parte y negándose a vengar las injurias ni defender su señorío. Sancho responde que en ese momento está más para curas que para coloquios, culpa a Rocinante del resultado final del apaleamiento y se maravilla que tras las cuchilladas que le dio al vizcaino les haya llegado semejante suerte de apaleamiento.

La alusión aquí a la aventura del vizcaino (capítulos VIII y IX) se debe a que, originalmente, esta aventura iba a continuación de la misma, en el capítulo X.

Don Quijote argumenta que estos tropiezos son anejos al ejercicio de las armas, y Sancho quiere saber si suceden muy a menudo, temiendo que con otra igual queden del todo inútiles para una tercera.

Don Quijote a lomos del burro de Sancho PanzaSe esmera don Quijote en explicarle a Sancho la cantidad de casos en los que ha leído que los caballeros andantes tuvieron que sufrir parecidas calamidades, pero que no por eso quedan afrentados en su honor, pues las armas de los gallegos eran palos, no espadas, ni estoques, ni puñales. A Sancho no le importa quedar o no afrentado, pero sí  siente el dolor de los golpes recibidos, a lo que le replica don Quijote que no hay memoria que el tiempo no acabe, ni dolor que la muerte no consuma.

Deciden intentar levantarse y hacer que se ponga en pie Rocinante, colocar a don Quijote atravesado sobre el burro, único ileso en la aventura, y buscar donde alojarse y pasar la noche. Dirigieron sus pasos hacia por dónde pensaban que debía pasar el camino real y a poco dieron vista a lo lejos a una venta que a don Quijote enseguida le pareció castillo, siendo venta a los ojos de Sancho Panza; de modo que siguieron su camino discutiendo, amo y criado, si era lo uno o lo otro hasta que llegaron ante sus puertas, que es donde da fin este capítulo décimo quinto de esta primera parte.

González Alonso

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