Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo décimo cuarto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo décimo cuarto

Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos

¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel victoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Marcela en el entierro de GrisóstomoApenas acabaron de leer el poema del difunto Grisóstomo en el que da razón de su desesperación y causa de su muerte, sobre una roca al pie de la cual se estaba cavando la sepultura del malogrado amante, hace aparición la figura de Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama la hermosura. Todos quedaron admirados y en suspenso hasta que Ambrosio, amigo íntimo del fallecido, la increpa de cruel y pregunta a qué viene. Marcela rechaza las acusaciones de Ambrosio y explica por qué no se siente responsable de aquella muerte ni acepta que sea culpada de ella.

Marcela habla con persuasión y dulzura, no exenta de firmeza, de la hermosura; admite que la hermosura es amable y enamora, y que siendo ella hermosa lo es por haber nacido así, sin que en ello tenga ninguna culpa, ni por lo mismo tenga que verse obligada a amar a quien diga que la ama por ser hermosa. Si en lugar de hermosa –agrega- hubiera resultado ser fea y ella reclamara el amor de quienes ahoran la quieren por su hermosura, serían esos mismos que exigen su amor quienes la rechazarían por ser fea y no se sentirían entonces culpables de su situación desgraciada. Pero dice más, que aún en bellezas parejas no tienen por qué correr parejos o iguales los deseos, pues no todas las hermosuras enamoran.

La pastora MarcelaAbundando en sus razonamientos, Marcela manifiesta haber oído decir que el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Declara, además, que a nadie dio ocasión nunca para que se hiciera ilusiones con engaños ni falsas promesas, alejándose a vivir en aquellos montes donde quería compartir su belleza con el cielo y la naturaleza, de tal manera que siendo fuego que desata las pasiones, sería así fuego apartado que no quema a quien no se acerca, y si resultara ser espada punzante, sería de este modo espada puesta lejos. Resuelve, en fin, que se queje el engañado, se desespere aquel a quien le faltaron las prometidas esperanza, sin que pueda llamarla cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.

Marcela se interna en el monteAún proseguirá la hermosa Marcela exponiendo con lógicas y sensatas razones todos los términos de aquella situación, declarando sus deseos y convicciones. Así como concluyó su discurso, desapareció sin esperar respuesta alguna, internándose por lo más cerrado del monte. Cuando algunos de los reunidos dieron muestras de querer seguirla, don Quijote se lo impidió admitiendo que ya había dado suficientes pruebas de no tener culpa ni parte en la muerte de Grisóstomo y dejado muy a las claras sus justos deseos que en todo deberían ser respetados.

Sigue el entierro, siguen las lágrimas, las flores y las despedidas. Los caminantes que habían acompañado a don Quijote lo invitan a viajar con ellos a Sevilla, pero éste desiste argumentando que no lo haría hasta que hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones malandrines, de quienes era fama que todas estaban llenas.

Una vez despedidos los unos de los otros, siguen los caminantes hacia Sevilla comentando el suceso de Grisóstomo y la locura de don Quijote, al tiempo que éste tomó la determinación de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía en su servicio. Pero las cosas no sucedieron como pensaba, dando aquí fin a esta segunda parte iniciada en el capítulo IX, y que se verán en el capítulo XV de la que será tercera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

González Alonso

Entierro de Grisóstomo y discurso de Marcela

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